Hace poco conocí a una mujer que se dedica al coaching. No asesora a empresas ni a grupos de personas en búsqueda de su niño interior, sino a mujeres bravas. Las bravas la llaman y ella a a sus casas a hacer un diagnóstico. Luego desarrolla un plan personalizado que persigue solo un objetivo: lograr que estas mujeres (autónomas, librepensadoras, con carácter, exitosas) encuentren a su príncipe azul. Igual que el hada madrina de Cenicienta, ella convierte harapos en un vestido de baile y calabazas en carrozas. Ese es su trabajo.
Sé lo que podría pensar, ¿Por qué una mujer de esas características necesita asesoría en materia de seducción? Al menos esa es la pregunta que hice yo después de oirlo. Y todo indica que este es el perfil que ellos temen, que los intimida, que les provoca ganas de arrancar. Ocurre que los hombre de estos tiempos aún no se transforman en los nuevos hombres (y aquí me lanzo con una teoría personal), esos que probablemente en el futuro se complementarán con la mujer buena, la que no se somete y protesta, la que exige, responde y sabe, la que estudia y trabaja, la que dice lo que piensa, elige a sus parejas y ama a quien quiere, como quiere y cuando quiere. Esa, la mujer brava. Injustamente tildada de bruja, yegua o arpía, es la que incluso molesta, atemoriza y espanta a nuestros machos cabríos. Y ellos, que quieren acomodarse lo mejor posible al nuevo orden - aunque en sus entrañas siguen habitando en Pedro Picapiedra-, sueñan con mujeres perfectas que no pongan en jaque su poder. Niñas dulces y complacientes, de piel suave y firme, que amen y no pidan nada, que celebre cada cosa que dicen, que cocinen a su medida y sirvan una infusión impecable cada tarde después del trabajo. Niñas como las de la tele, siempre tan retrógrada, sensuales pero a la vez sumisas.
Hay una máxima que las mujeres debemos entender: más que nada en el mundo, ellos quieren ser admirados. Si están con alguien que hace las cosas mejor, que tiene respuesta para todo, que sabe más de la vida ( y ni hablar de alguien que gane más), el grueso de los hombres (por fortuna, no todos) se siente amenazado. No se alegran de tener a alguien a su lado que brilla con luz propia. No disfrutan de admirar a su pareja, de aprender de ella. Se sienten inferiores porque, no pueden evitarlo, se comparan, compiten y también se frustran. De ahí la inseguridad, el miedo, el terror de no ser capaz de cumplir con el mandato ancestral de liderar, proveer, proteger. Y entonces la agresión: si no puedo dominarle, la aplasto. O la dejo.
Y las bravas están solas. Inteligentes, libres, independientes, pero solas. Hay un puñado de hombres que asume el desafió y se relaciona desde otro lugar, que ha sido capaz de despertar su lado femenino dormido y deja de temer para sentirse estimulado por la paridad, por el complemento, por el compromiso en la igualdad. Pero la mayoría sigue ahí, en el transito hacia lo nuevo, resistiéndose, gruñendo.
El otro día salí con un amigo que no veía hace tiempo. Nos reímos y hablamos de cosas de la vida y del amor, y él me lanzó unos piropos, como es su costumbre, y yo me puse roja como es la mía, y luego me preguntó mirándome a los ojos cómo estaba yo de verdad. Entonces me desarmé, traté de elaborar una respuesta rápida, quise decirle que estaba bien, que sentía que estaba renaciendo como una oruga y que me estaba conectando más con mi vulnerabilidad, mi corazón y todo eso, pero no supe cómo estructurarlo, no supe qué decirle. Digamos que me enredé. Entonces mi amigo, que se ha ido poniendo muy sabio, me lanzó una mirada de ternura y me dijo: mujer, solo quieres que te amen. Y tiene razón.
Esa es la clave, hombres de este planeta. Sépanlo de una vez: más que nada en el mundo, lo que todas queremos es que nos amen.
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